Reseña: afán de retina, un tránsito tangible y real desde la memoria
afán de retina, un tránsito tangible y real desde la memoria
En noviembre del 2021 se termina de imprimir la obra
narrativa de una autora debutante en el campo literario, Marcela González
Morales publica en conjunto a la Editorial La Calabaza del Diablo su
libro titulado Afán de retina. La novela es más bien situada en un
estilo experimental y novedoso, ya que, en las 85 páginas de extensión, utiliza
como mecanismo de expresión la mezcla entre un lenguaje poético, la narración
concisa y reflexiones sobre el tránsito de toda una vida en general. Por un
lado, es relevante mencionar que tanto el título al situarse en la visión, como
la portada del corpus mostrando una mujer fragmentada, rebelde y colorida, nos
da pistas de la temática que posee la narración, es decir, la escritura es del
tipo descriptivo nos condensa una imagen tangible y real. Entonces se posiciona
la experiencia, los ojos, la memoria y los sentidos como parte fundamental del
conmemorar las vivencias de una voz violentada, que de forma cruda, rota y
dispuesta a ir contra lo hegemónico o normalizado nos demuestra una resistencia
en una sociedad desigual, desligada del amor y, por sobre todo, una sociedad
que la traiciona, desprecia y abandona.
La retórica del libro es fascinante, debido a, que articula
la fragmentación, el tránsito y los recuerdos como un eje central de la vida,
es por ello, que al principio de cada parte de la obra nos presenta una
fotografía de sus apuntes, por partes, como si desde estos retazos la letra
registra y perpetua una memoria frágil. La escritura entonces sirve de compilado
de las imágenes vividas y aventuradas, es tan relevante este repertorio visual
en el libro que se incluye la representación de la misma narradora y, también,
la ciudad donde reside, o sea, Valparaíso. La estructura del libro también
contiene tintes increpantes y relacionados con la relación impuesta, desechada
y cuestionada que posee la narradora desde la niñez con Dios, por lo cual, es
pertinente mencionar que cada parte posee numeración como separación de
párrafos asimilándose a la biblia, esto interpretado como un acto de reapropiación,
renuncia y disputa con la colonización subjetiva y material de la iglesia
católica.
Por partes tenemos en primer lugar los siguientes
subtítulos: Tachadura (7), La concavidad de la cuchara (13) y
Una malla de naranjas (21), todas enfocadas en una niña posicionada en su
propio discurso político, ella recuerda porque sufrió abandono por su padre,
por Dios, por toda institución que debía protegerla. Sin embargo, desde lo
anterior posiciona la voz minoritaria desde el hostigamiento, cuestionamiento y
apelación a resistir contra la censura dada por su entorno social. Además de
mostrar el mosaico de aprendizajes, experiencias, crecimiento, gustos o
disgusto que causa cada persona que se relaciona la niña en su infancia, la
marcan, la hacen luego la persona que terminará sola, tranquila e indoblegable
en un cerro de Valparaíso. Por otro lado, la narración se centra en otro eje de
memoria, más bien desde lo personal hacia una nación herida, una inocencia
arrebatada por la violencia dictatorial desde 1973. Lo anterior se puede
apreciar en: Jugamos, pero no era un juego (27) y La foto en el ataúd,
demostrando visual, material y sensorialmente la crueldad en la propia piel o
experimentación de una niña creciendo en plena guerra homogeneizadora y
avasalladora militar.
Por último, la escritura fragmentaria de la obra se
centra en la adultez, en la perdida del amor y el esposo, en cómo la narradora
pierde su propia identidad frente a otra persona. En los capítulos: Crema de
verduras con cáscara (o saleros con sal!) (41), Algo de lo que hay en el
mar (53), Cuando los cuervos vuelan (59), La mesa soberbia
(65) y Tormentas inexcusables (73), se evidencia de sobremanera la
perdida total y la sumisión ante una depresión inminente por el proceso de
separación que vive la narradora. La adultez se muestra como un tránsito del
conocer, cuestionar y desobedecer como la infancia, ella debe reconstruirse,
forjar la propia introspección para lograr conocerse y darse cuenta cuál es su
posición con el mundo. En el último apartado, Valparaíso (79), se
completa el viaje por la memoria, existe un tono melancólico de vivir el
presente, habitar lo tangible en una ciudad donde la narradora está reformada,
se conoce, está por fin libre de toda opresión impuesta. En conclusión, la obra
Afán de retina me parece real y contingente, trata temas donde
cualquiera se podría sentir identificado, ya que, es importante no olvidar para
nunca perder el norte de la vida, porque los recuerdos, las imágenes y nuestra
retina son todo lo que nos mantiene, por lo que, la escritura para González es
un mecanismo de recopilación, desahogo, catarsis y sobrevivencia.
Por Camila Aguirre, 30 de julio del 2022, Santiago de Chile.

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