El tránsito de la infancia a través de la poesía: Una lectura de Enmirlada de Blanca Hernández Rojas
El tránsito de la infancia a través de la poesía: Una lectura de Enmirlada de Blanca Hernández Rojas
Por Cherie Quidel Núñez
A inicios del mes de noviembre del presente año, se publica el poemario Enmirlada escrito por Blanca Hernández Rojas e ilustrado por Beatrice Steele, las cuales en conjunto con la editorial Pez Espiral nos entregan, en un formato de libro álbum, una creación perteneciente a la literatura infantojuvenil. Con una prosa cargada de melancolía e imágenes delicadas, nos sumergimos en un tránsito que conecta la infancia con el crecimiento represivo de la experiencia femenina. La niña, individual y colectiva, es la hablante que apropia una voz silenciada en un único cuerpo textual, el cual no poseé números de páginas o títulos, aquello vincula una lectura que se desarrolla junto a la sujeta que, rodeada de flora y fauna, se mimetiza con la tierra y se adueña de sí misma. Así, la figura del mirlo convertido en mirla nos posiciona como espectadores de la aceptación, con una niña rodeada de familia, recuerdos y espacios que se desenvuelve en una estructura única, la cual conecta la palabra con la imagen creando un libro que en su forma y contenido posiciona a unas y otras en nuestra literatura.
Siendo su primera obra publicada, Blanca Hernández Rojas demuestra un gran interés en la creación literaria para niños y adolescentes, sus estudios y su participación en el colectivo La Otra LIJ la presentan como una profesional dedicada a enseñar y crear espacios para aquellos sujetos subalternos. A partir de ello, su poemario refleja la realidad de una niñez controlada por paradigmas adultocéntricos, los cuales delimitan, desde la violencia simbólica, a las mujeres en su crecimiento y desarrollo en sociedad. Por tanto, la relevancia de otorgar una voz a este tipo de experiencias recae en el registro de una identidad comúnmente ignorada, la cual es considerada y representada en la construcción de un texto dialógico que le permite a las niñas leerse en prosa y dibujos. Tanto su forma material como inmaterial le concede la comodidad de quién lo lee a experimentarlo, provocando que cualquiera, sea niña, adolescente o adulta, se encuentre en estas páginas y reconozca su proceso en una escritura prolija y sumamente bella.
“La niña canta entre la bruma de una infancia enmirlada”
Esta preciosa frase, compartida el día del lanzamiento, me guío en mi lectura sobre la figura del mirlo y su relación con la infancia. Y es que, el uso de mirla ofrece una nueva interpretación de una tradición literaria, ya que al tener una perspectiva de género la reflexión sobre este símbolo se abre a nuevas realidades, las cuales se relacionan exclusivamente a la experiencia del crecimiento femenino en una sociedad opresora. La niña enmirlada es observadora de sus cambios y los oculta, las plumas la rodean y el tiempo irrumpe, el mirlo aparece por la esquina de la primera página mientras que en la segunda ella lleva árboles enraizados en su cabeza, “Desde las vertientes hasta los nogales cruzan tus ideas”, las palabras y las imágenes expresan la inmensidad interior de un mundo infantil, el cual progresa entre paisajes acaudalados de naturaleza.
La construcción detallada del espacio se vincula con la profundidad emocional del contenido, así la flora y fauna detallan un camino prácticamente inevitable en el que la niña se ve enfrentada a su transformación. Desde allí, las plumas caen sobre las palabras y los escenarios cambian, la hablante transita en una textualidad paralela a la ilustración y el mirlo va acogiéndola en su metamorfósis. Tomando eso en cuenta, uno de los versos más llamativos se carga de significado cuando la niña observa sus plumas negras azabaches y las impuestas marrones se desdibujan, lo que es ser mujer se contraataca y es ella a través de su plumaje cómo arma una respuesta contra lo dócil, lo sumiso y lo silenciado.
Así, la niña se vuelve parte de la tierra en un vínculo poético que nos representa, y mientras estira sus manos hacia las alas el reflejo de la memoria aguarda a la infancia, hay una plegaria al no olvidar, al acoger estos primeros momentos y registrarlos como Blanca los plasma en su literatura. A partir de ello, la evidencia de la norma se expresa en detalles nimios, con frases que capturan vivencias colectivas en donde la sonrisa, la postura y el comportamiento son parte de un disciplinamiento. Y dice “Ya te están preparando”, la prosa se nubla de deberes, de obligaciones, de lo que se enseña con muñecas en brazos infantiles y la palabra rabia toma su lugar entre los sentimientos que afloran. La diferencia es clara, los niños y las niñas tienen procesos distintos, y la enmirlada sufre su crecimiento bajo el ojo del género, del ser mujer, del ser madre, del ser todo lo que se dictamina entre juegos. Es en ese enojo y en ese descontento donde Blanca Hernández Rojas se posiciona a través de la literatura, con un plumaje negro azulado cubriendo la espalda melancólica de muchas, de nosotras, de todas.
Enfocándonos en la materialidad del texto, el trabajo conjunto de lo visual con lo escritural nos entrega un libro prolijo, en el que se evidencia un proceso de creación meticuloso donde cada elemento fue posicionado acorde a una estética poética única. El primer vestigio de la niña escondida detrás de un plumaje nos anuncia a la hablante, y así el poema y la ilustración configuran una historia dúal que acaba con la misma niña, en la cubierta trasera, con ese plumaje envolviéndola y en sus ojos un destello distinto. Son esos pequeños detalles, hechos por Beatrice Steele, los que nos dirigen en una lectura dimorfa que atraviesa la página en bocetos oscuros, azulados y grises. Es esa estructura de la página, del cuerpo escritural único, lo que nos impulsa a leer hasta el final y entender la memoria de una infancia enmirlada.
Por último, este libro representa la voz de las niñas y está dirigido para ellas, en una especie de creación atemporal que podemos aprender a lo largo del camino. Es en esas páginas donde me pregunto cómo sería leer a Blanca Hernández siendo una niña, y crecer con su prosa, y volver a recaer en ella de adolescente para comprender que los momentos se atesoran y nuestras experiencias son válidas cuando existen creaciones tan representativas. Ahora, de adulta, me leo en esa enmirlada y recojo sus palabras, que como suyas son mías, y me reflejo en la colectividad femenina de nuestro crecimiento. Son obras como estas las que abren la literatura a nuevos sujetos, e impulsan a la juventud a mirarse y reflexionar en torno a esa etapa tan olvidada que nos hizo lo que somos y merece ser parte de nuestra cultura.
Próximamente se realizará una entrevista a la poeta de la mano de Sofía Kohnenkampf y Cherie Quidel!
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